Las relaciones personales juegan un papel crucial en nuestra salud y longevidad. Se explora el concepto del número de Dunbar y cómo la complejidad social impacta nuestra cognición. Estudios revelan que la soledad puede atrofiar el cerebro y elevar los niveles de estrés, afectando nuestro sistema inmunológico. Además, se discuten los efectos negativos de las relaciones tóxicas, que pueden causar inflamación y depresión. La diferencia entre soledad y aislamiento social también se analiza, subrayando la importancia de conexiones reales.
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insights INSIGHT
Límite Cerebral Para Relaciones
Nuestro cerebro limita el número de vínculos sociales que podemos gestionar a ~150 personas.
Estudios relacionan la densidad de materia gris con el tamaño de la red social humana.
insights INSIGHT
Socialización Como Lubricante Neuronal
La interacción social actúa como lubricante neuronal que mantiene el hipocampo y otras áreas.
Reducir las interacciones sociales puede producir pérdida de volumen cerebral en meses.
question_answer ANECDOTE
Investigadores Antárticos y Pérdida Cerebral
Ocho investigadores en la Antártida mostraron una reducción del hipocampo del 7% tras meses con menor grupo social.
El estudio sugiere que incluso la convivencia limitada afecta el volumen cerebral en humanos.
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"El hombre es un ser social cuya inteligencia exige para excitarse el rumor de la colmena" - Ramón y Cajal
Cuando hablamos de los pilares de la salud solemos referirnos a la dieta, el ejercicio y el descanso, pero tendemos a dejar de lado la forma en la que nos relacionamos.
Sin embargo, las relaciones personales tienen un profundo impacto en nuestra salud y longevidad.
En este artículo resumo algunas ideas sobre el efecto de la soledad en nuestra salud, extraídas mi libro Saludable Mente.
Entenderás el concepto del número de Dunbar, cómo la soledad atrofia el cerebro y cómo nos dañan las relaciones tóxicas.
El número de Dunbar
Relacionarnos con los demás nos parece natural, por eso no somos conscientes de su gran complejidad. El simple hecho de mantener una conversación activa multitud de zonas cerebrales.
Debemos interpretar tanto las palabras de la otra persona como discernir sus emociones a partir del lenguaje corporal. A la vez, debemos preparar nuestra respuesta y ajustar nuestro propio lenguaje no verbal.
La complejidad de la socialización se multiplica a medida que aumenta el tamaño del grupo. Vivir en grupo implica llevar una especie de contabilidad social con todos sus miembros.
Debemos recordar los favores que debemos, o nos deben, los compromisos adquiridos y el grado de fiabilidad de cada miembro. Necesitamos además mantener un mapa mental de la cambiante jerarquía social, entendiendo las relaciones entre las distintas personas.
Es importante también adaptar nuestro comportamiento al interactuar con cada sujeto, según sus particularidades, nuestra historia compartida y el conocimiento que tenemos sobres sus propias relaciones e intereses.
Vivir con los demás implica llegar a consensos y colaborar en múltiples proyectos. Esta gran complejidad es precisamente lo que limitaba el tamaño del grupo en sociedades ancestrales.
El antropólogo Robin Dunbar descubrió que existía una correlación directa entre el volumen de la neocorteza de cada especie y el tamaño de su grupo social.
En el caso de los humanos, concluyó que el número máximo de vínculos sociales que nuestro cerebro puede gestionar sin abrumarse es aproximadamente 150, el famoso número de Dunbar.
Estudios recientes confirman esta hipótesis, observando que la densidad de materia gris en zonas del cerebro relacionadas con la percepción social guarda relación con el número de personas con las que nos relacionamos.
La soledad atrofia el cerebro
Interactuar con los demás requiere una gran habilidad mental.
Estudios en ratas indican que las que viven con otras en la jaula desarrollan hipocampos más grandes que las que se crían sin compañía.
Por otro lado, cuando ratas que han vivido siempre con otras son privadas de compañía, sufren en pocos meses una reducción de su volumen cerebral (detalle, detalle).
Por motivos evidentes no podemos replicar estos experimentos en humanos. De hecho, el confinamiento solitario es considerado el peor castigo en las cárceles, y para muchos es una forma de tortura.
Contamos sin embargo con experimentos naturales que confirman un efecto similar del aislamiento social en humanos.
Un estudio analizó por ejemplo el cerebro de ocho investigadores antes de pasar meses en una estación científica en la Antártida.
Cuando regresaron, sus hipocampos se habían reducido en un 7%, y eso considerando que no estuvieron completamente solos. Al reducir drásticamente su grupo social, también lo hizo su cerebro.
Es probable que influyeran otros factores, como pasar más tiempo en espacios interiores y la monotonía del entorno ártico.
En resumen, la gran complejidad de la interacción social la convierte en un potente lubricante neuronal, que al reducirse acelera el declive mental.
La soledad eleva el estrés
El aislamiento social daña nuestra salud por multitud de vías.
Para empezar, el cerebro interpreta la soledad como un peligro inmediato, elevando el estrés.